Sayuri es una de las 6 niñas de 15, 10 y 6 años que, 3 veces por semana, acuden a la arena Shaolín, en el municipio de Xonacatlán, para demostrar sus habilidades en el cuadrilátero.
A sus 10 años describe la lucha libre como una de sus pasiones y ha aprendido que cada vez que sube al ring se transforma y no tiene que aparentar ser otra persona.
El nudo japonés es una de sus llaves favoritas, aunque lanzarse de las cuerdas le causa un poco de temor, poco a poco ha ido lidiando con ello.
En el tiempo que lleva entrenando se ha desgarrado la ingle, pero ha recibido mucha confianza de sus compañeros.
“Quienes quieran practicar, que lo hagan, que no tengan miedo porque es un deporte muy bonito y aquí hay que vencer el miedo, el miedo es el que nos atora”.
Según Alfonso Rojas Castillo, propietario de la arena que forma parte del circuito independiente de lucha libre del Valle de Toluca, este deporte no discrimina e incluye a personas de todas las edades.
Afortunadamente la lucha no etiqueta a nadie y tiene un lugar para todos, desde quienes pesan 140 kilos, por ejemplo, hasta quienes están sobre los 40.
“Hay lugar para todos, exóticos, hombres o mujeres, quienes tienen un gran lugar y siempre han sido importantes en este deporte. He tenido niños, jóvenes hasta personas de 50 años. Hay mucho interés, pero mis horarios no les permiten llegar, yo ando aquí desde las 4:30 de la tarde, pero la falta de infraestructura impide extenderme por la noche”.
Es encargado de entrenar dos horas cada tercer día a las jóvenes promesas del cuadrilátero, que dan todo para seguir las rutinas, hacer los ejercicios, soportan el dolor y se lanzan de las cuerdas deseosos de aprender y divertirse.
Está convencido de que la lucha libre es un deporte alternativo para las y los niños que solo dan una cuota de recuperación simbólica para el mantenimiento del ring, y a veces ni eso, cuando en Ciudad de México se cobran más de 100 pesos por clase.
“No me interesa que me paguen, yo quiero que vengan a entrenar y de aquí salga un luchador profesional”. Esa estrategia le ha permitido formar al menos cinco luchadores, que junto con él ya son parte de una cartelera.
Además de enseñar a que las niñas y los niños den sus primeras piruetas desde los tres años.
“Hay niños con mucho talento, otros con constancia y disciplina adquieren la habilidad y en unos cinco años fácilmente pueden migrar al circuito profesional, tenemos los contactos para hacerlo”.
Vencer el miedo, respetar a los compañeros y ser disciplinados son las reglas de oro para que los niños aprendan a rodar, lanzarse y volar por las cuerdas o las esquinas del cuadrilátero.
Tener bien fortalecido el cuello, la cervicales y la columna vertebral es indispensable para cualquier luchador, ya que ante una mala caída o un mal movimiento habrá menos posibilidades de daño permanente.
Los conocimientos básicos en lucha olímpica (derribar al rival sin usar las manos), lucha grecorromana (someter y postrar a un rival de espaldas con las manos), lucha estilo intercolegial (lucha olímpica entre gimnasios o colegios) y la lucha libre (combinar las tres anteriores, además de usar las cuerdas) son fundamentales para vencer al oponente.
“La lucha libre es un arte porque debes aprender a caer sin lastimarse, tener condición física, equilibrio y sobreactuar, no es que sea falsa. Es como un baile, para que se vea bonito tienen que saber bailar los dos, también es muy importante cuidar y respetar al compañero, posteriormente viene el llaveo, el contrallavear y las acrobacias”.
Desde hace casi cuatro años la arena Shaolín, se ha convertido en el lugar de encuentro de chicos y grandes que gustan de las máscaras contra las cabelleras, de rudos y técnicos, que se presentan cada vez que se organiza una función.
En el jardín trasero de su casa se ubica el cuadrilátero que le ha costado sudor y mucho trabajo, pero que le ha dejado grandes satisfacciones.
Más que perder, el dinero que Alfonso ha invertido para materializar su sueño de la infancia ha valido la pena. Si bien ha sido difícil por la pandemia, poco a poco ha encontrado el camino.
Aunque comenzó sin ring, hoy cuenta con uno de la extinta arena Cuautitlán Izcalli que le salió en 70 mil pesos, en pagos, pues uno nuevo rebasa los 120 mil; ha armado funciones con personajes reconocidos y se ha aplicado para cubrir los gastos.
“La organización implica gastos muy fuertes, a veces una función me sale en 25,000 o 30,000 pesos y de puras entradas saco 1,500, en total completo 5,000 pesos, prácticamente es por amor al arte. No tengo ningún apoyo y lo poco que hay aquí ha salido de mi esfuerzo y el de mi esposa, sin ella no sería nada”.
En esta temporada de lluvias su mayor problema es la falta de infraestructura, ya tiene una parte del techado y las lámparas para la iluminación, pero no es suficiente.
Todo ha corrido por su cuenta, lo mismo que la instalación. “Todo es dinero y sin retribución es más difícil, de ahí el por qué muchos proyectos de este tipo declinan”.







