En un taller de Cacalomacán, en Toluca, Estado de México, entre láminas, herramientas y el sonido constante del metal, Jonathan Aldair Romero da forma a diversas piezas que, en unos días, cobrarán vida en una de las representaciones religiosas más importantes del país: el Viacrucis de Iztapalapa. Con su maestría artesanal en la metalistería, este moderno armero y su familia son los encargados de equipar a los “soldados romanos”.
Para esta temporada de Semana Santa, el artesano de la hoja de lata trabaja a marchas forzadas elaborando cascos, pecheras y brazaletes de los soldados romanos que escoltarán a Jesús durante su calvario, aunque muy probablemente ninguno sepa que portan una versión moderna de lo que en la antigüedad las legiones llamaban lorica y cassis: armadura y casco.
“Más o menos son como 40 piezas de cascos; ahorita son de diferentes modelos. Hay unos que van a llevar cepillo, hay otros que les vamos a colocar cabello, como artificial”, comentó.
En el taller lo acompañan su padre, su hermano, un primo y un joven estudiante que, entre clases, aprende el oficio. Jonathan dice que es uno de sus objetivos: enseñar para que la tradición no muera.
“Hemos elaborado bastantes piezas, dependiendo de los pedidos que tengamos. Actualmente, ya llevamos como unas 200, más o menos, de diferentes modelos de casco, y las distribuimos en varias partes de la República Mexicana”, mencionó.
En esta temporada su área de trabajo está llena; sobre la mesa de metal se acumulan las piezas que portarán los soldados. Pero para el Viacrucis más grande y famoso del país, el de Iztapalapa, en Ciudad de México, Jonathan trabaja en nuevos diseños que rompen con lo tradicional.
Uno de ellos será un casco de gladiador destinado a un personaje del “diablo”, que busca destacar con un estilo distinto en cada escena.
“Estoy trabajando en un casco de gladiador, es para quien va a salir del diablo, pero quiere sacar otro tipo de estilo; entonces estamos trabajando un nuevo diseño para que se luzca su personaje”, dijo.
Además de las armaduras, también comenzará a elaborar estandartes romanos de hasta 2 metros, con águilas en la parte superior y estructuras reforzadas con metal, ampliando así su participación en la utilería.
“Puedo tardar alrededor de una semana, más o menos, para que quede bien el diseño de los cascos. También estoy trabajando en la utilería, los estandartes y en una lanza; todo es con hoja de lata”, explicó.
El reconocimiento, admite, ha llegado poco a poco. Fue a través de redes sociales que los organizadores de Iztapalapa conocieron su trabajo. A pesar de que su taller lleva pocos años como negocio formal, ya forma parte de una de las representaciones más grandes del país.
“Se siente bonito que tus diseños se presenten en Semana Santa, allá en Iztapalapa”, comentó.
Y aunque probablemente, verá su obra desde la televisión, lejos del escenario, sabe que cada pieza hecha con sus manos estará presente en cada escena.
Para cumplir con los pedidos, Jonathan trabaja por lotes. Corta varias hojas de lámina al mismo tiempo, traza figuras, perfora y remacha.
Cada casco romano es una obra de arte. Está compuesto por 12 gajos de hoja de lata o latón, que él ensambla cuidadosamente desde cero. Lleva patillas, careta, protección para el cuello y un tubo superior donde después colocarán plumas o adornos. Todo debe encajar con precisión para brindar seguridad a quien lo porte.
“Todo va protegido, con un doblez, para que no se lleguen a cortar, porque la hoja es algo filosa”, agregó.
Aunque una pieza sencilla puede tomarle media hora, los cascos requieren más tiempo por su complejidad; le siguen las pecheras, que pueden ser en forma de músculo, grabadas o completas, con protección frontal, trasera y en hombros. Los brazaletes, en cambio, son más rápidos, aunque también requieren precisión para ajustarse al cuerpo de cada persona.
“Ahorita sí se hace fácil, porque ya tenemos la plantilla; cuando sí hay que sacar el diseño, sí nos tardamos un poquito, hasta un día, para sacar las plantillas. Y ahora sí, como nosotros trabajamos de 20 piezas para arriba, entonces sí hay que cortar de a seis hojas”, refirió.
El proceso creativo puede llevarle hasta una semana, desde diseñar, ajustar y probar las piezas que serán utilizadas por quienes recrean la Pasión de Cristo ante miles de asistentes.
Jonathan busca ofrecer precios accesibles: un casco romano básico ronda los 330 pesos, mientras que modelos más elaborados o hechos en latón, que es un material más caro y resistente, pueden triplicar ese costo.
“Dependiendo del diseño que se vaya sacando y el material, va elevando el precio. Tratamos de darle precio a la gente, no abusamos de la temporada, porque sabemos que ahorita son gastos fuertes para los vestuarios”, añadió.
Pero detrás de la rapidez actual hay años de práctica. Jonathan comenzó en este oficio a los 13 años; hoy, a sus 26, ya dirige su propio taller. Para él, el arte de la metalistería es una herencia familiar que se remonta hasta su bisabuelo, quien comenzó a diseñar estas piezas desde mediados del siglo pasado en la comunidad de Cacalomacán, donde varias familias se dedican a la metalistería. Su apellido forma parte de ese legado que se transmite más con las manos que con las palabras.
“Ahorita estamos tratando de darle otra imagen, que ya no sea lo tradicional, sino meterle iluminación, darle otro tipo de estilo, otros acabados”, concluyó.
Aunque durante años su familia trabajó con materiales reciclados, como latas que cortaban y extendían para darles nueva vida, actualmente la materia prima ha cambiado por hoja de lata o latón, pero la esencia permanece.
“Anteriormente su materia prima era la lata de chiles, completa, la grande como de cinco litros. Se cortaba la parte de abajo y la de arriba, y extendían la lámina, y es donde sacaban todas sus artesanías”, contó.
La Secretaría de Cultura del gobierno mexiquense explica que la elaboración de este tipo de artesanía en lámina repujada, calada y martillada se desarrolla, principalmente, además las comunidades de Cacalomacán, también en San Cristóbal Huichochitlán y San Andrés Cuexcontitlán, todas del municipio de Toluca, Estado de México.
Los materiales que utilizan para lograr estas piezas son, principalmente, la hoja de lámina, cincel, martillo, tijeras, soldadura de estaño y cautín. Además, utilizan algunas pinturas y barnices para el acabado de las piezas, logrando patinados en color cobre que les dan un estilo muy particular.
También utilizan espejos o mosaicos de cerámica, entre algunos otros materiales que se combinan con esta artesanía, logrando piezas únicas e inigualables en diversos artículos utilitarios. Con esta técnica artesanal se crean piezas tales como vitrinas, marcos para cuadros, espejos, candelabros, armaduras, alhajeros, piñatas, lámparas y jaulas, entre muchas otras.
“Esta técnica artesanal consiste en grabar a mano, con la fuerza y creatividad del artesano, una a una las piezas de la hoja de lámina con la ayuda de un martillo y cinceles de diferentes tamaños, las cuales serán decoradas en alto y bajo relieve y unidas con soldadura de estaño y cautín, formando la artesanía final, misma a la que se le aplica un barniz para obtener el acabado deseado y darle durabilidad”.
En temporadas como Semana Santa, el taller de los Romero se transforma. Los pedidos se multiplican y el tiempo parece no alcanzar. Actualmente, Jonathan y su familia han producido cerca de 200 piezas, que viajan a estados como Tlaxcala, Puebla, Guanajuato y Michoacán.
“Tratamos de innovar en nuevas piezas para que no se quede en lo mismo y no se pierda esta artesanía, que inició desde la época de mi bisabuelito, ya desde 1950 y que nos heredó a 10 integrantes de la familia Romero”, concluyó.
Cuando termine la temporada, vendrán otras piezas, desde adornos patrios, faroles para el Día de Muertos, espejos, árboles de Navidad y piñatas, pues en su taller el trabajo no se detiene… solo cambia su brillante forma.







