Por fin llegó el momento del silbatazo inicial, eran las 13 horas del 11 de junio de 2026, después de una inauguración de artistas de primer nivel un pletórico Estadio Azteca con un nuevo nombre, más de 80 mil personas llenaban el recinto.
La Copa Mundial de la FIFA 2026, que representa un acontecimiento histórico para México. Por primera vez, un país alberga una Copa del Mundo en tres ocasiones distintas, sumándose a las experiencias de 1970 y 1986. La reapertura del Estadio Azteca, junto con la participación de los estadios BBVA de Monterrey y Akron de Guadalajara, constituyó una oportunidad para proyectar una imagen moderna del país ante millones de espectadores alrededor del mundo (Claro está que en esta ocasión es “co-anfitrión” por no decirle apéndice a Estados Unidos, un poco similar el caso de Canadá), el “mundial” de Norte América.
Sin embargo, más allá del entusiasmo deportivo y del simbolismo asociado a este evento, aquel que fuera fallado en favor de norte américa en el año 2018, resulta pertinente analizar si el Mundial ha generado los beneficios económicos que durante años fueron presentados como una de sus principales justificaciones.
La relación entre deporte y crecimiento económico suele estar rodeada de expectativas elevadas. Los gobiernos frecuentemente argumentan que los mega eventos deportivos impulsan el turismo, generan empleo, atraen inversión y producen efectos multiplicadores sobre diversas actividades económicas.
No obstante, la evidencia internacional ha demostrado que dichos beneficios suelen ser más limitados de lo que sugieren los discursos políticos y promocionales (Baade & Matheson, 2016).
En el caso mexicano, la magnitud económica del futbol resulta significativamente menor de lo que podría suponerse a partir de su relevancia cultural. De acuerdo con estimaciones de Citibanamex retomadas por Forbes México, la industria del futbol aporta aproximadamente 52,640 millones de pesos al año, cifra equivalente a apenas 0.16% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional (Forbes México, 2026).
Asimismo, las proyecciones más optimistas estimaban que la Copa Mundial podría contribuir alrededor de 0.1% al crecimiento económico del país durante 2026 (EFE, 2026).
Estas cifras permiten dimensionar el alcance real del evento. Aunque el Mundial posee una enorme capacidad de movilización social y mediática, su impacto macroeconómico es relativamente reducido cuando se analiza en el contexto de una economía del tamaño de la mexicana.
Lo anterior resulta particularmente relevante si se considera el volumen de inversiones públicas y privadas realizadas para preparar la justa deportiva. En la Ciudad de México se llevaron a cabo intervenciones urbanas y mejoras bastantes superficiales en infraestructura de movilidad vinculadas al Estadio Azteca. En Monterrey se impulsaron proyectos de transporte masivo orientados a fortalecer la conectividad urbana, que no
terminaron. Guadalajara, por su parte, realizó adecuaciones para mejorar la experiencia de visitantes nacionales e internacionales en su aeropuerto que tiene casi 5 ejercicios y no puede concluir.}
Sin embargo, la estructura misma del torneo limitó el potencial impacto económico para México. A diferencia de las Copas del Mundo de 1970 y 1986, donde el país fue anfitrión principal, la edición de 2026 se desarrolló bajo un esquema compartido con Estados Unidos y Canadá. Como resultado, México recibió únicamente 13 encuentros de los más de cien partidos programados para el torneo, mientras que la mayoría de los encuentros de mayor valor comercial y mediático permanecieron en territorio estadounidense (El País, 2026).
Desde una perspectiva económica, ello implicó que una parte importante del gasto turístico internacional asociado al Mundial se concentrara fuera de México.
Los primeros indicadores disponibles parecen reforzar esta hipótesis. La Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX) informó que la ocupación hotelera en la Ciudad de México se ubicó alrededor de 65% durante el arranque del torneo, porcentaje considerablemente inferior a las expectativas iniciales que oscilaban entre 85% y 100% (Expansión Política, 2026).
Asimismo, las previsiones que apuntaban a la llegada de millones de visitantes extranjeros aún no parecen haberse materializado en la magnitud originalmente planteada.
Otro elemento frecuentemente ignorado en la discusión pública es la distribución de los beneficios económicos generados por estos eventos. La literatura especializada ha señalado que los principales ganadores suelen ser las grandes corporaciones vinculadas a derechos comerciales, patrocinadores globales, cadenas hoteleras y operadores turísticos de gran escala, mientras que las pequeñas y medianas empresas locales enfrentan mayores dificultades para capturar una proporción significativa de la derrama económica (Zimbalist, 2015).
En México, diversos establecimientos comerciales enfrentaron restricciones derivadas de los derechos de transmisión y de las condiciones de explotación comercial asociadas al torneo. En consecuencia, numerosos negocios locales encontraron obstáculos para beneficiarse plenamente de la expectativa generada por la competencia.
Paralelamente, el elevado costo de los boletos limitó el acceso de una parte considerable de la población mexicana a los encuentros mundialistas. Esta situación contrasta con la narrativa de inclusión y celebración colectiva que suele acompañar a los grandes eventos deportivos internacionales.
No obstante, la principal oportunidad desaprovechada podría encontrarse fuera del ámbito económico.
La Copa Mundial constituye una de las plataformas de comunicación más poderosas del planeta. Durante varias semanas, millones de personas observan, comentan y participan en conversaciones relacionadas con el evento. En un país que enfrenta graves desafíos en materia de salud pública, esta exposición pudo haberse utilizado para impulsar campañas de prevención y educación sanitaria.
México registra una de las prevalencias más elevadas de sobrepeso y obesidad entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). A ello se suman elevadas tasas de diabetes tipo 2, hipertensión arterial y otras enfermedades crónicas asociadas a estilos de vida poco saludables (OCDE, 2025). En este contexto, la organización del Mundial representaba una oportunidad excepcional para promover hábitos saludables, actividad física y educación nutricional a gran escala.
Sin embargo, gran parte de los espacios de interacción con aficionados estuvieron dominados por estrategias comerciales orientadas al consumo, limitando el potencial del evento como herramienta de transformación social.
La Copa Mundial de 2026 dejará una huella simbólica importante en la historia deportiva del país. No obstante, desde una perspectiva económica, la evidencia disponible sugiere que sus efectos serán considerablemente más modestos que los anunciados durante años de preparación.
Quizá la principal lección sea que los mega eventos deportivos no deben evaluarse únicamente por su capacidad de generar entusiasmo o prestigio internacional.
También deben analizarse en función de su contribución efectiva al bienestar económico y social de la población. Bajo ese criterio, el Mundial de 2026 parece haber quedado lejos de las expectativas que lo acompañaron.
En perspectiva
La experiencia internacional sugiere que México no constituye una excepción. De hecho, la evidencia acumulada en las últimas décadas muestra que los beneficios económicos de los mega eventos deportivos suelen ser significativamente menores a los proyectados durante las etapas de planeación.
Sudáfrica 2010, por ejemplo, fue presentado como un catalizador para el crecimiento económico y el desarrollo turístico del continente africano. Sin embargo, diversos estudios posteriores concluyeron que el impacto sobre el empleo permanente fue limitado y que buena parte de la infraestructura construida para el torneo resultó costosa de mantener una vez concluida la competencia (Pillay & Bass, 2013).
Brasil 2014 constituye quizá uno de los casos más emblemáticos. El gobierno brasileño invirtió más de 11 mil millones de dólares en infraestructura relacionada con el Mundial.
No obstante, varios estadios construidos para el evento se transformaron posteriormente en los llamados “white elephants”, instalaciones con escasa utilización y elevados costos operativos. El crecimiento económico esperado nunca compensó plenamente las inversiones realizadas (Zimbalist, 2015). Algo similar a lo ocurrido en China después de los Olímpicos de Pekín 2008, tuvieron que reconvertir casi todo a albercas, un deporte que sí es del consumo de la población, la natación y los clavados.
Rusia 2018 logró una mejor evaluación en términos de organización y utilización deinfraestructura. Sin embargo, incluso en este caso, el impacto sobre el crecimiento económico nacional fue marginal frente al tamaño de la economía rusa. Los beneficios observados fueron predominantemente regionales y temporales.
Más recientemente, Qatar 2022 representó una inversión superior a los 200 mil millones de dólares, convirtiéndose en el Mundial más costoso de la historia. Aunque el torneo fortaleció la visibilidad internacional del país y aceleró proyectos estratégicos de infraestructura, diversos analistas coinciden en que la rentabilidad económica directa difícilmente podrá justificar una inversión de tal magnitud en el largo plazo.
Estos antecedentes permiten entender que la principal ganancia de una Copa Mundial rara vez se encuentra en indicadores como el Producto Interno Bruto o el empleo permanente. Los beneficios suelen concentrarse en variables intangibles como posicionamiento internacional, reputación de marca país, diplomacia pública,
fortalecimiento del turismo futuro y generación de orgullo nacional.
Desde esta perspectiva, la pregunta relevante para México no es si el Mundial generó una derrama económica inmediata extraordinaria, sino si las inversiones realizadas dejarán capacidades permanentes para mejorar la competitividad, la movilidad urbana, el turismo y la calidad de vida de la población una vez que el último partido haya sido disputado.
Referencias
Baade, R. A., & Matheson, V. A. (2016). Going for the gold: The economics of the Olympics.
Journal of Economic Perspectives, 30(2), 201-218.
EFE. (2026, junio 3). La economía del fútbol aporta el 0.16% del PIB mexicano, según
Citibanamex.
El País. (2026, junio 11). Cómo ver el Mundial en México, cuánto costará y qué partidos estarán
en televisión abierta.
Expansión Política. (2026, junio 14). COPARMEX CDMX reporta ocupación hotelera del 65% en
el arranque del Mundial.
Forbes México. (2026, junio 3). El fútbol representa el 0.16% del PIB en México.
OCDE. (2025). Health at a glance 2025: OECD indicators. OECD Publishing.
Zimbalist, A. (2015). Circus maximus: The economic gamble behind hosting the Olympics and
the World Cup. Brookings Institution Press.
Baade, R. A., & Matheson, V. A. (2004). The quest for the cup: Assessing the economic impact
of the World Cup. Regional Studies, 38(4), 343-354.
Pillay, U., & Bass, O. (2013). Mega-events as a response to poverty reduction: The 2010 FIFA
World Cup and its urban development implications. Urban Forum, 24(4), 469-482.
Coates, D., & Humphreys, B. R. (2008). Do economists reach a conclusion on subsidies for
sports franchises, stadiums, and mega-events? Econ Journal Watch, 5(3), 294-315.
Sobre el Autor:
Éder Gutiérrez
eder.gutierrezaz@udlap.mx
Lic. En Comercio
Maestro en Marketing
Maestro en Economía aplicada a la Salud.
16 años de trayectoria en la industria de la Salud.







